jueves, 7 de febrero de 2019

Luchadora


Caricatura: El Chispa
Desde mi balcón de piso 14 la veo andar todo el reparto, con un montón de jabas sobre su espalda cansada, que se inclina por el peso, de mediana estatura y edad, negra, sin keratina ni “extensiones”, porque la economía no le da para ese lujo, un short hecho de unos viejos pantalones, blusa sencilla y ningún accesorio para lucir.


Pregona un producto para la limpieza cuya nomenclatura no puedo mencionar, pero que es necesario en el hogar y que se “pierde”, muy a menudo de la red comercial. Filón que esta mujer luchadora aprovecha en su beneficio y en el de la familia.

Con paciencia la espero cada sábado para comprarle los mililitros que necesito, y muchas veces me hago de la vista gorda cuando el contenido de H2O es más alto que el producto mismo. La sonrisa en su boca es un rictus de tristeza y los ojos profundos dicen más, mucho más de lo que expresa.

¿Y qué tal el fin de año? Se extrañó el líquido por esos días, le espeto para iniciar una conversación: “Qué va, estaba para Oriente a ver a mi madre, que está enferma, y llevarle algunas cositas -me dice. El viaje es caro, ahora tengo que vender para recuperarme”, y corta aprisa la conversación, porque casi es mediodía y todavía le queda mucho por andar, pero no le gusta la habladera con extraños. Me quedo con deseos de preguntar y la veo marcharse aprisa a su faena de tiempo extra.

La próxima vez anda apurada, me echa en el pomo lo que resta de unos porrones, el fondaje. ¿Ya casi terminas, eh? Voy a la ofensiva con mis preguntas: “Sí, hoy ando apurá, tengo el período y nada que ponerme, ahora tengo que llegar a luchar algo”. Entonces entro a mi apartamento, agarro tres paquetes de alhohadillas sanitarias, los echo en una jaba y apenas me da tiempo de alcanzarla en las escaleras. “¿Cuánto es eso?”, dice, como alguien que no está acostumbrada a que le regalen, quien TODO lo ha obtenido a base de lucha, y entonces, cuando le digo que no es nada, que se las regalo, se le atraganta un gracias, palabra que no está en su escaso léxico y no precisamente por falta de educación.

Unas dos semanas después llega como de costumbre, y allá voy con mi pomo y los cinco pesos, vacía el contenido y me mira con unos ojazos enormes de agradecimiento; entonces es ella la que me dice que no es nada, y sonríe. Y yo que no, insisto con el dinero porque sé que ese billete, pequeño, ínfimo, significa vida para ella, y lo dejo rodar a su bolsillo. Y me regala un gracias, que expresa hasta con los ojos, “no sabes cómo resolví con aquello”, y baja las escaleras, pregonando con cierto recato, para que solo escuchen sus clientas de siempre.
Y no siento cargo de conciencia alguno por comprar algo que no es lícito, tengo encima de la meseta varios pomos aún con contenido, pero le compro todas las veces, porque esos 5 pesos son para ella vitales, y entonces me cuestiono hasta dónde debemos practicar las verdades cuando alguien trata de hacer sobrevivir a su prole.

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