jueves, 22 de diciembre de 2011

Oda a mi maestra preferida


Todo lo que sé en esta vida y quién sabe en cuántas más, me lo ha enseñado ella, mi maestra favorita. Con esa paciencia extrema y una vocación sin límites, puso su dedo en cada letra del alfabeto, y supe desde las minúsculas a las mayúsculas; de los números naturales, hasta quebrados, derivadas… Y sí, aprendí de su mano a manejar un montón de vidas, la de las alegrías y tristezas; la de bonanzas y escaseces… y hasta de cómo ser madre y padre al mismo tiempo.
  Pero fue la Literatura su enseñanza insigne, cuando me regaló mi primer libro, El Músico maravilloso, me inculcó el hábito por la lectura como si fuera un bichito que se cuela por los intersticios de mi piel. Luego vinieron más libros, y mis hijos también recibieron los suyos de aquellas manos amorosas.
  Recuerdo sus anécdotas de alfabetizadora de 16 años, de cómo pudo convencer a su padre para dejarla marchar junto a aquel montón de muchachos de boina y farol. Y aunque he crecido mucho y aprendido lecciones de números y letras, todavía ella me enseña cosas nuevas y sigo estando en primer grado, porque ella, mi madre, es mi maestra favorita.

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