Huele a almendras el día, es gris y
las hojas de los árboles en El Prado, allí donde le despedí, caen como lágrimas
en un calendario que apura el año ya en las postrimerías. Y también porque es
otoño, y esta estación viene con nostalgias y tristezas. La noticia llegó a
través del teléfono, y era dura, pero en cinco minutos ya era peor: fallecía El
Chispa, uno de mis maestros, de los grandes,
de quienes te enseñan no solo del oficio sino de esa materia inacabable llamada
vida.
Su débil corazón se rompió la noche del lunes 27 de octubre, pero alcanzó a respirar hasta el martes en la tarde, quizá en un intento por no darnos esa total sorpresa y acostumbrarnos de a poco a la ausencia del enorme ser humano que fue. El peor chiste escuchado, protagonizado por mi humorista preferido, me lo contaron ayer, en la fatídica tarde de un otoño caliente, llegó sin trazos, desdibujando el rictus del susto, borrando toda sonrisa posible. Ya Douglas, el diseñador, periodista, pintor, caricaturista y batallador hasta el final… no estará más, y por favor, ahórrese el cliché de que “estará siempre”, no es cierto, se fue por completo, con sus pinceles, óleos y cartulinas, no llegará más a la Redacción del Periódico, arrastrando las erres, en pantalones con tirantes como un joven de 73 años, y no sentiré el olor de las almendras secas, esa estela que siempre le acompañaba, coño Chispa, qué dolor!
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