
La historiografía lo recoge como uno de los momentos
patrióticos que incluso le imprimieron carácter a la Guerra de los Diez Años.
Cuentan que la música ya era tarareada por muchos en la ciudad de Bayamo, antes
de que se le incorporara la letra. Fue estrenada durante las celebraciones del
Corpus Christie en el mismísimo púlpito de la Iglesia Parroquial Mayor, por la
banda de Manuel Muñoz Cedeño, queriendo pasarle “gato por liebre” al teniente
coronel Julián Udaeta, jefe militar de la Plaza.
“Esa marcha suya nada tiene de religiosa y sí mucho de
patriótica. Es una música irreverente”, increparía el español a Figueredo, a lo
que este respondería en un intento por proteger el movimiento que se gestaba:
“Señor Gobernador, no me equivoco en asegurar, como aseguro, que no es usted
músico. Por lo tanto nada le autoriza a usted a decirme que ese es un canto
patriótico”.
Sobre la letra no vamos a entrar en contradicciones con
los historiadores, si fue escrita o no por el rebelde Pedro Figueredo sobre el
lomo de un caballo, si ya era una canción de seis estrofas; mucho menos de por
qué no fue recogida como el Himno de la República en Armas en su Constitución
Primera. Pero sí hemos escuchado, por siempre, que el coro gigante de pueblo
que la interpretó aquel 20 de octubre de 1868 le paraba los pelos de punta a
cualquiera y que allí, en medio de la multitud, también estaba Candelaria
Figueredo, la abanderada.
Entonces, me pregunto, ¿Por qué no se entona con la
fuerza que debiera? ¿Está incluida su interpretación en las clases de Educación
Musical de la Enseñanza Primaria? ¿Se le dedica tiempo durante el proceso
docente-educativo al correcto aprendizaje de sus notas y melodía? Si así no
fuera, debería ser, porque en tiempos en los que queremos inculcar valores, el
Himno está entre las preferencias de los cubanos, pues de solo escucharlo
resulta una invitación a asumir con bríos la cotidianidad de este archipiélago.
No en balde el 20 de octubre es la jornada señalada para
celebrar el Día de la Cultura Cubana, que es escudo y espada de la nación. En
el período de la Tregua Fecunda, a petición de José Martí, el maestro
camagüeyano Emilio Agramonte Piña, quien formaba parte de la emigración
revolucionaria que se preparaba para la Guerra Necesaria, transcribió la letra
y música del Himno, publicados en el periódico Patria en junio de 1892, en un
acto por divulgarla y unir a quienes se alistaban para la próxima contienda.
Con el tiempo, y hasta nuestros días, se interpretan
solamente las dos primeras estrofas, porque el texto original estaba compuesto
de seis, mas en ellas se encierra todo el espíritu de lucha y el
independentismo de los cubanos, una invitación a la lucha. Sin embargo, no
sería hasta mucho después, el 21 de febrero de 1901, al firmarse por los
delegados los dos ejemplares manuscritos de la Constitución, que quedaría
refrendado su carácter oficial.
Para lograr que los
cubanos entonemos las notas de nuestro Himno Nacional, sea cual sea el soporte
que se utilice para su montaje, es preciso hacerlo conocer de manera correcta
desde la Enseñanza Preescolar, cuidando los registros, para evitar que se
desvirtúe en el tiempo. Esa resulta tarea para los especialistas de Educación Artística
e instructores de arte de la especialidad de música, con vistas a lograr la
entonación y montaje correctos del mismo, pues a través de él se representa y
honra a la Patria.
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