miércoles, 26 de octubre de 2011

Nené, la muerte y el olor de la vida

Un motivo triste, quizá demasiado, reunió hace muy poco a casi toda mi familia materna. Sólo faltaron dos primos, de un árbol genealógico que tiene entre sus ramas a siete tíos. El funeral de uno de ellos, de Nené, quién había padecido en cama los últimos días de una enfermedad terminal, nos convocó.
  Y es que Eulogio no era un tío común, sino uno distinto de esos que siembra cariño como una semilla que germina, lo regaba y cuidada como una rara planta y velaba porque creciera saludable. Recuerdo que me regaló mi primera esfera, hecha de papier maché y que luego pasé a mis hijos; después me obsequió una lupa, la misma que tengo sobre el buró y que es mi objeto preferido.
  Y aquel funeral se tornó el encuentro de tantos y tanto, que a pesar de la tristeza, me hizo recordar muchos momentos buenos. El cordel de la vecina, lleno de sábanas blancas, los pequeños corriendo por el patio, mi primer amor confundido entre los muchos que vinieron, la comida, el café… Todas las tonalidades y olores de un velorio.
  Pero también vino mi tío abuelo, Severo, que no hace honor a su nombre porque es dulce como la miel, con 97 años y que me recordaba de niña. Y hasta la tumba de Nené nos fuimos todos, como esa familia cohesionada que somos y convertimos el olor de la muerte en uno dulce, el de la unión.

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