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De
izquierda a derecha, Gilberto Hernández Miranda, fiscal y William Quesada Rosell, durante la celebración de los 42 años de fundada la Fiscalía General de la República de Cuba.
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Parecía
que el mundo se le caería encima cuando la presidenta del Tribunal leyó la
sentencia condenatoria: 8 años de privación de libertad. De la Sala fue
directamente a la penitenciaría y un solo pensamiento lo martillaba; cómo
resistir el encierro. Sin embargo, desde el primer momento fue una escuela para
él en todos los sentidos.
William
Quesada Rosell me cuenta una historia breve, no me dice ni pregunto el motivo
de la sanción, parece demasiado doloroso y no quiero empañar el brillo de sus
ojos cuando habla en futuro. “Cumplí cuatro años, en los últimos tiempos de la
sanción había trabajado en la sede de la Fiscalía Provincial, en una brigada de
Construcción. Entonces ellos supieron de la calidad de mi labor, del respeto
con que asumía las tareas y ante una solicitud mía, me dejaron trabajando allí
tras cumplir y salir con la Libertad Condicional”.
“Hubo
que consultar antes de tomar la decisión de permitirle quedarse en el colectivo,
no fue fácil, pero fue. Y ya vez, acaba de recibir el sello por los 10 años de
trabajo en la institución”, me cuenta Gilberto Hernández Miranda, fiscal que
atiende el control de la Legalidad en centros penitenciarios, y a seguida afirma,
“Esta es una labor linda, ya ellos están privados de la libertad, el segundo
bien más preciado del hombre, pero el resto de sus derechos deben ser
respetados, y esa es nuestra función, velar por su cumplimiento”.
Los
ojos color café de William son un libro abierto, hay alegría en ellos lleva en
la mano una rosa roja y el reconocimiento que le acaban de entregar sus
compañeros de labor; está parado en un sitio histórico de la geografía
cienfueguera y me dice: “Yo cometí un error, pero lo enmendé, y aquí estoy,
pienso jubilarme en este centro de trabajo y nunca más volver a la oscuridad,
porque precisamente allí, encontré la luz”.
Se
aleja hacia el grupo, un negro fornido, todavía joven, camina con la seguridad
que nos da la libertad, y me deja pensando en su desenfado y valentía al volver a comenzar; trae un
pullover con la imagen de Wisin y Yandel, los raperos puertorriqueños y la asociación
es inmediata. “…he caído y tú me levantaste… gracias a ti… Antes era malo, hoy
quiero ser bueno”. William es de esos hombres que creen en un mañana mejor.
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